| PARTE
DE LA ENTREVISTA A LA SICOANALISTA Maren Ulriksen
De
nacimiento, uruguaya desde hace más de treinta
años, Maren Ulriksen es médica psiquiatra
y psicoanalista, y profesora agregada de la Clínica
de Psiquiatría Pediátrica. Trabajó
muchos años en Asignaciones Familiares y fue
asesora en la redacción del nuevo Código
de la Niñez y la Adolescencia todavía
no aprobado. Es consultora del Instituto Nacional del
Menor.
¿Por qué la gente quiere tener hijos?
La respuesta no es simple. Es algo consustancial a la
estructura biológica y a la construcción
social de las personas. Toda especie busca perpetuarse.
A eso se suma la tendencia humana gregaria, de estar
en relación siempre con la vida de otros. La
elección de la paternidad y la maternidad es
básica, más allá de la elección
del objeto sexual, de la forma de vida y de la edad.
Las parejas homosexuales, las mujeres solas, los niños
y las niñas, tienen el deseo de tener hijos,
tanto como los adultos que viven en pareja heterosexual.
Los cambios sociales que usted menciona y la reproducción
asistida abren discusiones éticas. Usted, que
ha trabajado acompañando adopciones, tal vez
pueda aportar su punto de vista. La adopción
parece un proceso en el que lo natural es cuestionado
y en donde hay que prestar atención a detalles
de la construcción humana en los que por lo general
no reparamos.
Un ser humano para construir su psiquismo necesita siempre
ciertas condiciones que no han cambiado: una relación
privilegiada, un referente humano de cuidados y de intercambio
social, personas que cumplen la función materna
y paterna. Los cambios de esta figura fundamental, cuando
la adopción llega tarde, es nociva para los niños.
El bebé tiene una apetencia por el otro: satisfecho
con la leche, permanece prendido a los ojos de la madre.
Necesita que una persona lo invista, ponga en él
su libido, quiera marcarlo con algo propio, lo conozca,
sepa qué cosa especial tiene como bebé
que lo diferencia de otros: su manera de tomar la leche,
sus ritmos de sueño, todo. Esa persona puede
ser su madre biológica o puede ser una madre
adoptante, incluso una cuidadora de la institución
en que pasa sus primeros meses de vida. Eso sería
algo interesante para pensar.
Yo le he escuchado decir a usted que todo hijo es
adoptado.
Todo
niño tiene que ser reconocido como un "otro"
por su madre y su padre, como único, singular.
Esa es una adopción y es la única adopción
posible, la única forma de ser madre o padre
de un hijo, sea biológico o no. Hay mamás
biológicas que son buenas adoptantes y otras
que no. En la consulta se ve. Hay quienes se acuerdan
de cómo era como bebé cada hijo y otras
que hablan como si todos hubieran sido iguales. Adoptar
es "reconocer" al otro, es saber que uno es
un adulto que va a sostener a un niño y no al
revés. El deseo de ser sostenidas por un hijo
aparece muy claro en las adolescentes que se embarazan.
En el deseo de ser madre o padre aparece siempre
la expresión "mi hijo", un hijo que
sea "mío".
Esa expresión coloca toda la maternidad en lo
biológico. Si fuera así un hombre que
abandona a un bebé seguiría siendo su
padre veinte años después. Y no lo es.
La biología da la semejanza en los rasgos físicos.
Pero hay hijos adoptados que terminan pareciéndose
a los padres adoptivos. Lo más importante en
este punto es que el hijo no es "mío".
No es objeto del otro, del deseo y del poder del otro.
Cuando las madres dicen "no me come", "no
me estudia", muestran que no hicieron la adopción,
el reconocimiento del hijo como otro distinto a ellas.
También hay mucha fantasía. La experiencia
del parto, ¿cuántas mujeres la recuerdan
con felicidad? Hay una gran carga de imaginario, que
crea mucha culpa en las adopciones y es lo que hay que
trabajar en ellas. Culpa porque ese hijo no es "mío",
por haberse apropiado del hijo de otra persona. Este
sentimiento se acentúa en las adopciones ilegales
o hechas sólo a partir de un juzgado. Cuando
hay una institución que acompaña el proceso,
la culpa se aminora. El problema mayor de la culpa es
que impide poner límites, y sin límites
los hijos no crecen. Y es falso que lo biológico
crea lazos que nunca se van a romper. Esa es una fantasía.
Lo mismo sucede con el temor a la herencia patológica.
Usted hace el acompañamiento de adopciones
en casos difíciles. ¿Qué es lo
que hace difícil una adopción? ¿Y
qué es lo que se puede llevar de aquí
a la reflexión ética en el caso de la
reproducción asistida?
En toda adopción hay tres temores, tres momentos
críticos: la revelación, la búsqueda
de los progenitores y lo que yo llamo la construcción
de la novela familiar. La revelación es ese momento
en que hay que decir al niño que es adoptado.
Ese momento, ahora es sabido, debe ser cuanto antes.
Si es un bebé se le dice al bebé. Cada
quien sabe cómo encontrar la manera más
sencilla de decirlo. Aquello de los "padres verdaderos",
es una idea vieja. Esto hay que manejarlo también
en los casos de reproducción asistida.
La búsqueda de los progenitores es un deseo que
aparece en todo hijo adoptado. Ahí surge la angustia
de los padres adoptantes, el fantasma de los "verdaderos",
la culpa por haber tomado de otros lo que ellos no pudieron
tener por sí mismos. Y se instala en los niños
o adolescentes o jóvenes que buscan a sus padres
biológicos, la idea de abandono, de que hubo
un niño no querido, no recibido, y al mismo tiempo
la pregunta de por qué esto fue así. Y,
como decíamos, en los niños y en los adultos
a su vez está presente el deseo de ser padres,
madres. Aquí se cuela otra vez la idea de lo
"natural": Querer al hijo es "natural",
lo otro no lo es. En algún momento se presenta
ese deseo fuerte de saber quiénes son los padres
biológicos. Y lo bueno es que los padres adoptantes
puedan acompañar a su hijo en esta búsqueda.
¿Qué se hace con la satisfacción
de ese deseo en el caso de la reproducción asistida?
Es interesante pensarlo. En cuanto a la construcción
de la novela familiar, se trata de las fotos, los álbumes,
la historia del niño contada una y otra vez por
los padres, que quiere saber que fue deseado, que estuvo
en la panza, que fue recibido, reconocido. Quien tiene
hijos sabe que los niños quieren que se les repita
la historia de que estuvo en la barriga de la mamá.
Esta necesidad es más difícil de satisfacer
en el caso de las adopciones, pero se puede hacer, con
flexibilidad, a veces incluso jugando, fantaseando.
¿Cómo se hace en el caso de la reproducción
asistida? Todo esto hay que pensarlo. Del mismo modo
que hay que pensarlo en el caso de los hijos de padres
y madres desaparecidos.
Las personas que adoptan ¿por qué lo hacen?
En
general frente al fracaso de lo biológico. También
se dan casos de parejas que tienen hijos biológicos
y después, por alguna circunstancia, adoptan
uno o varios hijos. Hay quien lo hace porque le gusta:
tiene hijos biológicos y decide adoptar otros.
Eso depende de las condiciones históricas, ideológicas
de la pareja. Hay parejas estériles que adoptan
y resulta que después la mujer se embaraza. Históricamente
la adopción apareció junto con la herencia,
cuando falta el heredero natural o éste es incapaz.
Muchos emperadores romanos fueron adoptados por sus
padres para mantener el imperio. El Código Napoleónico
introdujo la adopción porque Napoléon
no tuvo hijos con Josefina. La gente no empezó
a adoptar para hacer el bien a los niños sino
para perpetuar herencias. El discurso de los derechos
del niño es moderno, tanto como la noción
de niño. Incluso la noción de madre que
incluye la crianza es moderna. Antes existían
las nodrizas. Pero aún en la adopción
moderna lo primero es el deseo de ser padre o madre.
La gente quiere tener hijos. Más allá
del deseo sexual y más allá de todo. Y
hoy los avances tecnológicos permiten pensar
en posibilidades inusitadas de tener hijos.
En las instituciones en que usted trabaja se busca
que los hermanos sean adoptados por una misma familia.
Esto coloca a las personas que tienen el deseo de adoptar
frente a esa realidad de lo que significa ser hijo o
hija y padre o madre que usted describe.
La
realidad es que la maternidad -como la paternidad- es
un don gratuito. Derrida (Jacques) trabaja esto del
don. Cada quien es investido como padre o madre por
un niño. El placer del intercambio, de estar
con el otro, de acompañarlo, de ayudarlo a crecer
es lo que cuenta, más allá del cálculo
de cuánto me das y cuánto te debo. Las
premisas son el deseo de alimentar, de transmitir, de
marcar y después, de intercambiar con otro. Cuando
el bebé llega no es ese gordito de cinco meses
que está en el imaginario de todas las mujeres.
Cuando crece tampoco. Pero siempre su llegada es un
hecho trascendente que cambia la vida y el tiempo de
las personas. Y debe seguir siéndolo, en el caso
de las adopciones y de la reproducción asistida,
incluso si los niños nacieran de donantes de
células, sin deseo alguno o con un deseo distante,
"frío". Puede hablarse de nuevas subjetividades,
de elección de embriones, de vientres portadores,
de bancos de esperma, de lo que sea, pero a un hijo
siempre hay que prepararle el nido, esperarlo, recibirlo,
investirlo, marcarlo, reconocerlo...

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